De incrédulos a creyentes
(Juan 20:19)
Hoy en día, en este tiempo de Cuaresma que recordamos la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, muchos se preguntan: ¿Será cierto que Jesús resucitó? Algunos encuentran la respuesta acertada, otros se quedan con la duda, y otros prefieren dar rienda a suelta a la razón para no creer.
Esta situación no es nueva, ya en los tiempos de Jesús se necesitaban pruebas contundentes para creer en algo, había que ver para creer. Muchos filósofos llevaban a la gente a creer por los sentidos y no tanto por la intuición o fe alguna.
En Tomás vemos al representante de la incredulidad de su tiempo, a pesar de que era un discípulo de Jesús, era un hombre de fe, y estaba dispuesto a morir por su Maestro. Sin embargo, a la hora de la verdad, en el momento de la prueba, al morir Jesús en la cruz, su fe se vino abajo. Se cayó su andamiaje, la muerte de Jesús era la derrota de su esperanza. ¡Todo se había acabado para Tomás!. ¿Por qué no pudo creer en la resurrección de Jesús, al igual que sus demás compañeros?. El relato nos dice que en el momento de la aparición del Maestro a sus discípulos, Tomás no estuvo con ellos. ¿Dónde estaba Tomás?. El se había alejado de la comunidad de fe, se echó al abandono, dejó que su bronca por lo sucedido con Jesús en la cruz lo consumiera, se enfrió su fe, no participó de la alegría de sus compañeros. Tomás ya no creía en nada ni en nadie. Ya no quería ver con los ojos de la fe sino con los ojos de la razón pura.
Muchas veces nos sucede a nosotros lo mismo que a Tomás, nos alejamos de la vida de fe, no participamos de la vida de la iglesia, no gozamos de la comunión y la alegría de los hermanos en la fe, no permitimos que las bendiciones del Señor nos alcance, cerramos las puertas de nuestra mente y espíritu a las cosas de Dios. ¿Los motivos? Excusas mil tenemos para ello. Al pasar el tiempo nos damos cuenta que nos hemos enfriado espiritualmente, que hemos perdido el gozo y la alegría de nuestra salvación, que estamos prestos a echarle la culpa a Dios por todo lo que nos pase, no creemos en nada ni en nadie. Los problemas cotidianos, las exigencias de la modernidad, el trabajo duro, las enfermedades y otras cosas más, han terminado por destruir nuestra fe en Jesucristo y la esperanza en un mañana mejor. Ya no queremos ver con los ojos de la fe sino con los ojos de nuestra razón. Nos volvemos incrédulos, de la noche a la mañana.
Ante esta situación, Jesús sale al encuentro de Tomás y lo desafía a verificar con sus propias manos que Él en verdad resucitó. Frente a ello, Tomás sólo atina a decir: "¡Señor mío, y Dios mío!" Tomás recupera su fe y esperanza en el Señor.
Hoy también el Señor nos sale al encuentro para desafiarnos a creer en Él, a verificar con nuestras propias manos que El aún vive, que actúa todos los días, que está listo a socorrernos en los momentos más difíciles de nuestra vida. ¿Cómo podemos verificar que esto es cierto? Sólo si dejamos que Él entre en nuestras vidas y nos aumente la fe, para creer no sólo por los sentidos, sino por la fe. Que podamos exclamar: "Él vive, es cierto, no hay duda alguna!"
Que en este tiempo de Semana Santa sea una gran oportunidad para dejar nuestra incredulidad en las cosas de Dios y nos aperturemos a vivir la aventura de la fe, cada segundo de nuestras vidas y disfrutemos de las bendiciones del Señor.
Rev. Lic. Jorge Bravo C.
















