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El pecado no genera alegría, sino sufrimiento

(Lucas 13:1-9)

En esta porción bíblica, encontramos algunas enseñanzas referentes al estilo de vida que se debe vivir en concordancia con la voluntad de Dios y los frutos de una vida en santidad.

A Jesús le hacen recuerdo que varios hombres de Galilea fueron muertos por orden de Pilato, mientras ofrecían sacrificios a Dios y que su sangre la habían mezclado con los sacrificios. Esta actitud de Pilato se debe a una venganza porque los galileos se habían revelado contra una orden de construir un acueducto con fondos del templo. De ahí la rivalidad entre Herodes y Pilato.

Esa situación llevó a pensar al pueblo y a los judíos en especial, que esto era un castigo de Dios por sus pecados. Jesús transfirió el significado de estos incidentes a la esfera espiritual. Él no teoriza sobre la retribución, sino que habla de las exigencias urgentes del presente, si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente (véase v. 5).

También, Jesús se refiere a la reciente calamidad en la cual 18 trabajadores perecieron en un accidente. La gente creía que que ellos murieron por haber consentido construir una torre en Siloé con dinero del templo. En lugar de especular sobre su culpabilidad, los demás debían considerar su suerte como un llamado al arrepentimiento.

Los judíos creían que estaban actuando bien y que a ellos nada les podría pasar. Sin embargo, Jesús rompe su tranquilidad espiritual al decirles: "si no se vuelven a Dios, también morirán". Para Jesús no hay pecados pequeños o grandes, todos son pecados, rebeliones contra Dios. Quien peca sufre las consecuencias de sus pecados. No es Dios quien envía el sufrimiento como tragedia. Nosotros sufrimos en carne propia nuestras propias rebeliones contra Dios. Nosotros mismos somos los que decidimos vivir en contra de la voluntad de Dios. Nadie puede decir "a mi no me llega el juicio de Dios". Tarde o temprano llega. Eso es inevitable. Pero, felizmente, y esta si es un buena noticia, el Señor nos da una nueva oportunidad para cambiar nuestras vidas y revertir todo sufrimiento si es que nos volvemos hacia Él y hacemos su voluntad. Para ello es necesario una verdadera conversión fruto de un verdadero arrepentimiento.

Por otro lado, Jesús presenta la parábola de la higuera para hacer ver que es posible una nueva oportunidad para el cambio. En realidad esta parábola se aplica específicamente a Israel. La nación ha fallado en producir frutos espirituales, pero Dios le da a la gente una oportunidad más de cambiar su actitud hacia Jesús. La higuera fue plantada para un propósito: dar higos, es decir, frutos. Por tres años ha venido quitando fuerza y sustancia a la tierra y no ha dado los frutos esperados. Es necesario cortarla, no sirve para nada. Sin embargo, a la higuera se le da una nueva oportunidad para dar frutos. Con esto Jesús enseña que es posible dar una nueva oportunidad para dar frutos. ¡Es la misericordia de Dios!

Ahora bien, todos los que nos hemos convertidos al Señor de alguna manera hemos recibido una nueva oportunidad de parte de Dios para cambiar nuestras vidas y dar frutos; sin embargo, debemos hacernos la pregunta: ¿De qué manera estamos dando frutos? Como cristianos y cristianas tenemos una responsabilidad en este mundo, debemos ser agentes del cambio en las personas y en la sociedad. ¿Estamos dando frutos? Un día Abraham Lincoln dijo: "Muera cuando muera, quiero que se diga de mí que arranqué una mala hierba y planté una flor en todos los lugares en que pensé crecería" Como vemos en la parábola, la higuera ya había alcanzado su madurez, sin embargo se le dio una nueva oportunidad. Jesús siempre nos da una oportunidad tras otra. Pedro, Marcos, Pablo, tú y yo somos testigos de Su gracia y misericordia. ¡Cuántas veces caemos y cuántas veces Él nos levanta! Siempre hay una nueva oportunidad. Dios no nos cierra la puerta, somos nosotros quienes la cerramos. No dejemos pasar esta oportunidad de cambiar nuestras vidas y dar frutos en abundancia. Gocemos de la plenitud de la vida en Él. Que el Señor nos ayude a caminar siempre con Él y seamos sus discípulos y discípulas que dan frutos. Amén. 

Rev. Lic. Jorge Bravo C.

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