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No a la discriminación en la Iglesia

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(Hechos 11: 1-18)

Al leer este pasaje bíblico estamos ante un caso de discriminación en la primeras comunidades cristianas. Como se sabe, la iglesia de Jerusalén se consideraba una comunidad de fe cristiana exclusiva y que no habría otra posibilidad. Pero cuando escucharon que los que no eran judíos habían recibido la palabra de Dios y el Espíritu Santo, le llamaron la atención a Pedro y discutieron con él porque había entrado a las casas de gente que no era judía y hasta había comido con ellos. Esta gente era llamada gentil. Seguramente Pedro estaría mortificado ante los judíos que practicaban la circuncisión y ahora se veía obligado a darles una explicación. Bien, él les comparte lo que ha sucedido. Empieza por relatar que ha tenido una visión en el puerto de Jope cuando estaba en actitud de oración. Es en esa situación cuando recibe una visión donde ve un gran manto que descendía del cielo sujeto por las cuatro puntas y se dirigía hacia él, luego él decide ver qué es lo que hay adentro y ve que hay toda clase de animales domésticos y salvajes, y también serpientes y aves, y de pronto oyó una voz que le decía: Levántate, Pedro, mata y come. A eso él respondió: Señor, no; porque  jamás he comido cosa inmunda. Entonces la voz del cielo respondió por segunda vez: Lo que Dios limpió, no lo llames tú común. Por tres veces se repitió esto, y luego volvió todo a ser llevado al cielo. Esta situación nos recuerda que muchas veces en las iglesias se permite la discriminación cuando queremos imponer la tradición, las reglas, las costumbres o la antigüedad a aquellas personas que recién se hacen miembros de la iglesia. Parece que hay un sentimiento de exclusividad en la pertenencia del pueblo de Dios. La discriminación es evidente cuando no se incluye a las personas en la vida de la iglesia. Los judíos reclamaban ese privilegio, pero Dios rompe esa barrera e incorpora a los gentiles, a los no judíos, a los impuros e inmundos. Ellos se creían que tenían el derecho de ser únicos como pueblo de Dios, dejando de lado a aquellos no habían nacido en Judea o eran del linaje de Abraham. ¿Algo parecido sucede en nuestras iglesias?, ¿Qué pasa si algún hermano nuevo empieza a ser líder y de pronto asume un liderazgo mayor que los que son más antiguos?, ¿Dejamos eso así, o reaccionamos?.

A partir del versículo 11 hay otro suceso que en resumen se quiere resaltar cómo el Espíritu Santo actúa también en los gentiles, con los no judíos. Aquí se trae al recuerdo las palabras de Jesús sobre el bautismo con el Espíritu Santo. Ha sucedido algo sorprendente, los gentiles también han sido llamados por el Señor a su reino, no importa su condición. Finalmente, los judíos aceptan que los gentiles, ex paganos, ex inmundos, por la gracia de Dios han sido perdonados y se le ha dado también el mismo don que a ellos. Lamentablemente hasta el día de hoy vemos este tipo de discriminación en el interior de nuestras iglesias cristianas. Se margina al nuevo creyente, a los niños, a los adolescentes, a los jóvenes y hasta las mujeres. No queremos aprender de Jesús que dio la oportunidad a todos y todas de arrepentirse y cambiar sus vidas para que gozaran de las promesas de una nueva vida y sean sus discípulos y discípulas. De ahí que en ninguna iglesia debe haber algún tipo de discriminación, hacerlo es pecado. Debemos recordar al apóstol Pablo cuando afirma que en el evangelio ya no hay varón ni hembra, ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, porque en Cristo Jesús somos uno (Cf. Gálatas 3:28; Colosenses 3:11).

Por último, nosotros no nacimos en Israel, no somos del linaje de Abraham, éramos paganos, inmundos, despreciables, y vivíamos en las tinieblas, hasta que un día escuchamos la palabra de Dios y por la acción del Espíritu Santo nos arrepentimos, fuimos perdonados por la gracia de Dios y luego incorporados al pueblo de Dios. Por lo tanto, nadie nos debe impedir servirle al Señor con nuestros dones y talentos. Nadie puede pretender alguna exclusividad en la iglesia. ¡Todos y todas somos bienvenidos y bienvenidas al reino de Dios!. ¡Somos el pueblo de Dios! Que el Señor nos perdone si en algún momento hemos marginado a alguna persona. Vivamos con alegría y gozo el estar juntos como hermanos y hermanas en la fe, sirviendo al Señor en santidad de vida. Amén.

Rev. Lic. Jorge Bravo C.

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